Me llamo Adrian y este blog es la libertad para escoger un camino cualquiera y preferir la soledad como argumento a la nostalgia.
Querido Santa Claus…no no...Eso suena muy americano…
Querido Papa Noel… bueno, eso sí suena Peruanaso.
A los 8 años dejé de creer en ti, por dos razones, la primera porque pasaba todo el año portándome bien para obtener un Nintendo y lo único que obtenía era un odioso pinball de 500 juegos (de los cuales 499 eran tetris) y la segunda razón era porque, bueno, tenía 8 años, pero tampoco era tan imbécil como para pensar que un viejo gordo con 8 renos iban a volar en un trineo (que más parecía carreta)
Las cosas han cambiando mucho desde entonces, antes solo esperaba la llegada de la Navidad para recibir regalos o comer panetón hasta reventar. Mi mamá me compraba ropa para lucirla ese día en especial (y no me la tenía que ensuciar) mis abuelo me daba 5 soles de propina, que me los gastaba en cohetes y golosinas, salía a jugar con unos niños y niñas de mi barrio, todos con ropa nueva, los niños con zapatillas que botaban luces y las niñas con vestido, yo siempre buscando verles el calzón o tacarlas cuando jugábamos al “ampay” (a ellas parecía gustarles, ahora que tenemos 23 años, no creo que les siga gustando, al menos no sobriamente) no faltaban la llegada de los familiares, las tías regordetas que me agarraban las mejillas y me decían: “pero que grande estas” y los tíos bonachones que solían decir: “sobrino, cuantas novias tienes ja ja ja” . La casa era un caos, al más puro estilo de la vecindad del Chavo, gente iba y venía, mi mamá horneaba el pavo, mi papá se preocupaba por el Champagne, mi abuelo odiaba todo, solo quería comer y largarse a dormir, mis primos hipnotizados en la televisión, viendo “Mi pobre angelito”, mis hermanos en la calle sabe Dios donde, siempre llegaban faltando un minuto para las doce, mientras yo, podrido en el patio de la casa mirando el cielo, pensando: a qué hora se aparecerá este viejo con mi Nintendo. Para mi sorpresa en el cuarto de mi mamá había un ciento de regalos con nombres, busqué el mío, era enorme, lo agitaba para deducir que diablos era, podría ser cualquier cosa, quizás era un tren que solo daba vueltas o un tonto carro a control remoto, lo único que sabía, era que no era mi tan ansiado Nintendo. Descubrí que el cuento de Papa Noel era una mentira (en realidad ya lo sabía, pero me gustaba pensar que algún día aparecería) sabía que mis padres eran los responsables de los regalos navideños y todos los años me hacían escribir la famosa carta a Papa Noel, lo mas patético de todo, era que a pesar de saber que todo era una farsa, caía en el juego de siempre, no sé bien porque, quizás en el fondo de mi corazón, anhelaba que de verdad existiera.
Las 12…Feliz navidad, a comer!(decía mi abuelo)...el maldito villancico sonaba por todos lados y nunca entendí si era: con mi burrito sabanero o era burrito tabanero, quizás ninguna de las dos. Hubiese querido ser niño por siempre, hoy con estos veintitantos años encima, aun busco mi look de Peter Pan, algo que me haga recordar que tuve una infancia feliz, despreocupado del amor, del dolor y de la soledad. Los años pasan y me doy cuenta que soy más viejo y más triste, la nostalgia me invade por estas fechas, me asalta una tristeza inexplicable que me humaniza mas.
Si me piensas traer algo esta navidad; procura que no sea una chica (tu y yo sabemos, los problemas que traen)
PD: Tampoco me traigas otro maldito pinball
PD 2: Panzón de mierda